martes, 7 de octubre de 2008

Plantas, poder y mito.

(En la imagen, un desarrollado ejemplar de palán palán florece en el centro de Río Colorado. Foto R.M.)


Plantas, poder y mitos





(Columna de inactualidad en el programa “Ladran, Sancho”, FM de la Comarca, La Adela, sábado 4 de octubre de 2008).

Todos hemos pronunciado o escuchado alguna vez la palabra “asesino”; todos alguna vez hemos dibujado corazones; algún buscador se deleita con la poesía de Ramón del Valle Inclán; el mismo u otro, escucha el tango Tiempos Viejos (“Te acordás hermano”…); el mismo u otro prefiere a los Rolling o Bob Dylan o Calamaro, o Damas Gratis o Manu Chao; habrá quien recuerde las historietas del mago Mandrake… Y muchos hemos visto esos motivos de aves-reptiles-felinos en las cerámicas prehistóricas del noroeste argentino, que tienen tanta fuerza simbólica y plástica…

En el centro oscuro de estas palabras, estas músicas y estas formas (y de tantas otras) están las plantas y sus mitos. Plantas sagradas, de salud, psicoactivas, plantas enteógenas… me pregunto si estas clasificaciones tienen algún sentido. Hasta la humilde lechuga es narcotizante, y un té de alguna clase de menta puede generar un trance. Quizás es sagrada toda planta, porque puede acercarte a una vivencia terrible o grata con lo Otro.

En el origen fue la adormidera

Aquí hemos nombrado alguna vez a Prometeo, el Titán, primo-adversario de Zeus, el dios y Rey de todos los dioses, al que engañó con la presa para los sacrificios, y luego con el robo del fuego. Prometeo pagó cara su rebelión contra lo establecido, y a favor del conocimiento y la acción humana. De este mito, sobre el que tantas veces hemos de volver, nacieron para nosotros varios bienes o males: la mujer, la esperanza, el fuego.

Algo llamativo en esta historia es un nombre de lugar. El engaño con que Prometeo supera a Zeus en la cuestión de los sacrificios se produce “en Mecone” (según el poeta Hesíodo). Pero “Mecone” es la palabra griega que nombra la adormidera, planta madre del opio. Será que el episodio ocurrió en Sicione, una ciudad sobre el golfo de Corinto que antes se llamó “Ciudad de la adormidera” - mecone (Estrabón VIII, 6, 25)… ¿O que se estaba tironeando entre hombres y dioses, en la nueva edad del tirano Zeus, el poder sobre las plantas sagradas? Porque las plantas dan poder, y ¿quién iba a disponer de él?

Luego, en la Odisea, aparece de nuevo esta planta sagrada. La bella Helena había aprendido en Egipto los efectos de la adormidera y del opio (“nephentes”):

“Cuando estaban tendiendo las manos hacia las viandas, Helena, nacida de Zeus, meditó algo más: en el vino que estaban bebiendo les puso una droga, gran remedio de amarguras, alivio de dolores y males; quien la bebiese disuelta en la copa, quedaría por todo aquel día inmune al llanto, aunque le acaeciera perder a su padre y su madre, o cayera el hermano o el hijo querido ante sus ojos, herido de muerte por mano enemiga. La nacida de Zeus guardaba estos sabios remedios que le había dado Polidamna, esposa de Ton el de Egipto, el país donde el suelo fecundo produce más drogas, cuyas mezclas sin fin son mortales unas, otras saludables; todos los hombres allí son expertos en curar, porque traen de Peán su linaje” (Od. IV, 219 ss)

Cantar y curar, como lo dijo don Atahualpa Yupanqui, suelen ser la misma cosa. Peán, médico de los dioses, es el cantor de sus himnos, incluidos los que sanan. El poeta sabía también que las drogas de estas plantas significaban poder – como tal, ambiguo.

Virgilio describió el efecto de ese poder, capaz de conmover el cosmos. Y situó en la comarca real-simbólica de Finisterre un centro de magia vegetal (Eneida IV, 484-86):

“Cabe los confines del Océano y del sol que muere está la región postrera de los etíopes, donde el gran Atlante hace girar sobre su hombro el eje tachonado de estrellas: de allí me han hablado de una sacerdotisa del pueblo masilo, guardiana del templo de las Hespérides, la que daba al dragón su comida y cuidaba en el árbol las ramas sagradas, rociando húmedas mieles y soporífera adormidera. Ella asegura liberar con sus encantos cuantos corazones desea, infundir por el contrario a otros graves cuitas, detener el agua de los ríos y hacer retroceder a los astros, y conjurar a los Manes de la noche. Mugir verás la tierra bajo sus pies y bajar los olmos de los montes.” (Trad. R. Fontán Barreiro).

Conocí de cerca un empleo más cercano y corriente de la adormidera. Estaba realizando una investigación de historia en Stroeder, pueblo de la provincia de Buenos Aires poblado originariamente con alemanes del Volga. Un vecino me comentó que durante su infancia, había en la cocina de cada casa un gran frasco donde se guardaba té de adormidera. Cuando los chicos se ponían fastidiosos o estaban intranquilos, la mamá les administraba unos sorbos de él. Esta costumbre la habían traído de su hogar europeo; se diluyó en las generaciones siguientes. De modo semejante, era costumbre en tiempos de la Colonia, y siguió siéndolo en nuestras sociedades del interior, poner una corola de floripondio bajo la almohada de quien no lograba conciliar el sueño. Estos usos moderados y tradicionales de las plantas mágicas han sido olvidados.

Plantas y mujeres: un nudo de conflicto

Estas citas clásicas, y esta historia de inmigrantes, están delineando otra lucha por el poder, que se tornó implacable en la Edad Media y comienzos de la modernidad. Las plantas sagradas eran manejadas por mujeres: ellas usaban ese poder sobre los cuerpos, propios y ajenos (control vedado de su propia corporeidad); y sobre los sueños, las visiones, la experiencia interior. Ese poder amedrentaba al varón “dominante”. Cuando quedó velado el conocimiento botánico de la Antigüedad, fueron las mujeres, sobre todo las campesinas y aldeanas, quienes conservaron y transmitieron el saber de las plantas medicinales, sagradas, mágicas. Estos dos últimos fines daban pie a que se las acusara de brujería. Por ese camino llegamos a las hogueras inquisitoriales.

Pero la callada resistencia femenina no cesó. Por algo Paracelso agradecía a las viejitas del campo su enseñanza sobre los vegetales y sus empleos medicinales.

El silfio: amor, poder... y corazones

En algunas imágenes hititas y mitanas aparece un príncipe distribuyendo silfio entre sus cortesanos. El reparto de este preciado producto hecho por el señor de la ciudad o del reino entre sus vasallos – y reiterado luego por estos para sus inmediatos seguidores –fue práctica habitual en las civilizaciones arcaicas anteriores a griegos y latinos. El rey o señor compraba cargamentos de silfio, y era un acto político su entrega en palacio.

El silfio es una planta extinguida – actualmente en Italia están realizando investigacio-nes para recuperarla, o para detectar otras del mismo género, Asteracea. Aunque comprensible en parte por su extinción física, es extraño el olvido producido en torno a su gran valor e importancia en Creta, Mitanni, Hatti, Egipto y todo el Cercano Oriente.

Esta planta, semejante a un hinojo gigante, sólo se daba en la zona costera de 200 por 60 km paralela al mar en Cirene, actual Libia. La moneda de esta ciudad griega reproducía la imagen de la planta, que supo ser su gran fuente de riqueza.

Laser, silphion, silfio... se lo usaba como especia o como medicina. Según el mito, había sido un regalo del dios sanador, Apolo. Los romanos aseguraban que valía su peso en denarios. Se comerciaba una resina extraída de la planta, similar a la asafétida. Pero ¿por qué disponer de silfio brindaba poder? Calmaba la tos, la fiebre, los dolores, la indigestión; curaba las verrugas... Pero la clave es que era un anticonceptivo; según se lo usara, una píldora del día después o un abortivo (como lo es aquí el gualeguay), por sus propiedades estrogénicas. De modo que estos príncipes disponían nada menos que de la posibilidad de regalar a sus fieles con el acceso a un placer sin consecuencias.

La desertificación, la sobreexplotación, el sobrepastoreo, extinguieron al silfio. Parece que sólo en estado silvestre poseía las cualidades indicadas. J.S. Gilbert sugiere que estas se debían a que la resina venía mezclada con cantaridina (polvo de cantáridas); de allí sus propiedades estrogénicas, excitantes, vigorizantes para el varón, y abortivas.

Según otro mito los mellizos hermanos de Helena, Cástor y Pólux, visitaron cierta vez su Esparta natal. Le pidieron al dueño de su antigua casa que los dejara pasar la noche en la habitación que en vida habían ocupado. El hombre se negó, alegando que en ese cuarto dormía su hija virgen, y los alojó en otro. Por la mañana, no estaban ni la chica ni los dioses. En el dormitorio de ella sólo encontraron una rama de silfio y una estatuilla de los Dióscuros.

Cuando usted dibuja un corazón – esa forma ya impuesta, como con dos alitas – está dibujando el emblema egipcio y cireinaico para representar el silfio. No es que el corazón humano tenga precisamente esa forma; es que las semillas de silfio, tan vinculadas con lo amatorio, eran precisamente así.

La Iglesia Católica comenzó a usar ese mismo diseño como emblema del Sagrado Corazón en el siglo XVII, a partir de una visión de la Santa Margarita María Alacoque.

Y en fin, los soldados que el Duce envió a Cirenaica también usaron al silfio como distintivo – pero en este caso, la rama de la planta, el “silfio de oro” a modo de distintivo de los combatientes.

La “terrible” mandrágora

La mandrágora ha adquirido mala fama por el aspecto humano de su raíz. Semeja esta un par de piernas y un pubis; a veces se agrega un esbozo de torso y cuello.

La etimología de su nombre apunta a lo temible. Para algunos viene de raíz sánscrita: MAD- “embriagar” y GAR “consumar”: es causa de embriaguez total, enfermiza. Para otros etimólogos, procede del griego MÁNDRA, grey; y AGAYRÓS, dañina: planta que produce muerte en el rebaño. Queda a criterio definir en cuál rebaño.

La mandrágora es solanácea; de la parentela de la Datura que usaba para trances iniciáticos don Juan, el personaje de las obras de Jorge Castaneda; y con nuestro criollo alucinógeno chamico, el tomatillo, el palán palán, el tabaco, el tradicional floripondio…

Dado el aspecto de la raíz, en la Antigüedad tardía y en la Edad Media se supuso que su origen era humano. Nacía de la eyaculación postrera de un hombre que hubiera sido ahorcado en una encrucijada; y al ser arrancada profería un grito tan espeluznante que quien lo oyera moría al instante. Para evitarse la muerte, el herbolario ataba un perro al tallo, ponía algún atractivo bocado fuera del alcance del can, y este, al tirar de la cuerda, extraía la raíz y moría. Esta operación debía hacerse por la noche, y bajo una horca.

También por su forma, se la relacionó con la fecundidad. En la Biblia (Génesis 30: 14 -16) Raquel, esposa dilecta de Jacob, infecunda hasta entonces, se procura mandrágoras encontradas en el campo, para tratar de quedar encinta. Nicoló Maquiavelo, en su comedia “La Mandrágora”, se toma en solfa esta creencia. Lo cierto es que la mandrágora ejerce fuertes efectos hipnóticos y narcotizantes hoy aprovechados por la medicina. En la antigua Roma se la llamaba “circea”, relacionándola así con la maga Circe. Se la asociaba a la brujería, y era peligroso para uno llevarla o tenerla, en tiempos de la Inquisición. En su defensa se alegaba que era un buen talismán contra los venenos y para atraer riquezas – claro que al precio de la desgracia de la familia, que sería poseída por la avaricia y la lujuria; cosa que suele pasar, con o sin planta mágica, cuando alguien enriquece demasiado, y demasiado rápidamente. Asimismo un té de mandrágora era remedio infalible contra la posesión demoníaca.

De la mandrágora proviene el nombre del célebre mago Mandrake. En un sitio web que informa sobre ella, queda señalado que su cultivo y comercio son hoy por hoy legales.

Vemos que los poderes de la mandrágora no la diferenciaban tanto de otros vegetales; fue la unión entre estos poderes y su apariencia humana, el factor que sustentó los mitos sobre su peligrosidad y sus efectos genésicos.

La belladona

Aquí nos encontramos con otra solanácea. A diferencia de la mandrágora, casi inencontrable, la belladona sigue brotando en suelo europeo, de donde procede; y la medicina actual usa abundantemente su principio activo, la atropina, para males de los ojos, respiratorios, o vulgares descomposturas, para calmar dolores y para el Parkinson.

Su nombre científico, Átropa Belladona, alude por un lado a una de las tres Moiras: Átropos, la que cortaba el hilo de la vida de un mortal, a la hora de su destino. Esto del corte de hilo se entiende: ciertas dosis de atropina y escopolamina son letales; se la usó como veneno, y a ella se le atribuye haber servido para que su parentela lo matara al emperador Claudio. En cuanto a la palabra “belladona”, mujer bella, se debe a que la atropina dilata las pupilas: la presunta bruja que había tomado un té de esta planta mostraba unos hermosos y grandes ojos.

En el sueño con visiones producido por la infusión, la mujer podía experimentar ciertos placeres – entre ellos, relaciones sexuales que a veces en vigilia desearía y no estaban a su alcance; y la ideología vigente hacía que ella asociara el placer con lo diabólico, hasta acusarse de haber estado con el demonio. Esta relación entre belladona y brujería condujo a que la Iglesia fulminara su prohibición sobre la planta. Se creía que el espíritu de esta sólo actuaba en la noche de Walpurgis (30 de abril al 1º de mayo), cuando se realizaba el aquelarre; en esa oportunidad había que recolectarla. Un hermoso poema sinfónico de Modest Moussorgsky le puso música a esta movidísima noche.

El hashish y la alta política

Entre los siglos XI y XII vivió entre Irán e Iraq el príncipe Hassan-i-Sabbah. Adhirió a una secta islámica, los ismailitas; y concibió la idea de crear una especie de orden entre monacal y militar para establecer el dominio ismailita sobre el Islam, y luego frente a los cristianos invasores. Algo de esta idea de Hassan puede haber contribuido a inspirar las órdenes caballerescas de los europeos.
En 1090 Hassan logró conquistar el que sería centro geográfico de su poder: el castillo de Alamut, nido de águilas casi inaccesible en las montañas de Elburz. Desde allí, Hassan enviaba a hombres de su hueste para cometer ciertos magnicidios: el asesinato selectivo le servía como instrumento político.
Se narraba que los adeptos eran embriagados con cáñamo, y en ese estado se los trasladaba a Alamut; cuando despertaban allí, todavía no muy concientes, se encontraban en un jardín paradisíaco, rodeados de frutales y flores, con abundancia de comidas y bebidas, y en la compañía de hermosas odaliscas que les ofrecían sus favores. Quien esto vivía, quedaba convencido de haber gozado un anticipo del Paraíso de Mahoma, con las bellas huríes incluídas. Luego, y embebido otra vez en los vapores del cáñamo, se lo llevaba de regreso a la cotidianeidad; cuando se le ordenara asesinar a determinado personaje como condición para volver a ese lugar de placer, era previsible que lo haría, convencido de que le convenía morir en el empeño.

El cáñamo era llamado haschich, hashish, hachis o hash, en idioma árabe. De ahí el nombre de “hashishin”, los del cáñamo, dado a los militantes seguidores de Hassan; y de ahí nuestra palabra “asesino”.
El cáñamo, que es un pariente de la marihuana del Nuevo Mundo, se utiliza para lograr el trance en forma de resina natural, que no tiene aditivos ni tratamiento químico alguno. Llegó a Europa en el siglo XVII, y desde allí siguió difundiéndose. Actualmente está más de moda en España (que fue alguna vez un país árabe), donde los interesados compran hash elaborado en Marruecos. Se dice “ir a coger el moro” para significar un paseo de compra de cáñamo por tierras marroquíes. En casi todo el resto del mundo, la marihuana predomina en lugar del cáñamo.

Queda para otro momento comentar cómo prosiguió y terminó la política quirúrgica de Hassan y sus sucesores en Alamut. O cómo prosigue, en otros alcores, bajo otras formas y nombres. Sea dicho en su beneficio, Hassan queda en ventaja al compararlo con otros grandes de la política que matan al barrer: sus asesinatos eran pautados y selectos. De paso, convengamos en que algunas novedades de la relación entre invasores e invadidos en Iraq, Afganistan y sus alrededores, no son tan novedosas.

Felinos, aves, reptiles… cebil

En las crónicas de tiempos de la Conquista del territorio que hoy es argentino, suelen aparecer noticias de los centros ceremoniales, algunos subterráneos, donde se utilizaba algún alucinógeno. El trance permitía ponerse en comunicación con animales o seres totémicos; trance que en el centro y noroeste argentino se conseguía mediante la inhalación del polvo del cebil.

El cebil es un árbol similar a una acacia blanca, pero habitualmente de mucha mayor altura; llega frecuentemente a los 7 m. Hay cebilares actualmente en Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy. Se lo utilizaba en forma natural: los oficiantes de los pueblos originarios aspiraban un polvillo hecho con las semillas del cebil, mediante unas tablas con pequeñas cunas o huecos que contendrían ese polvo, y con unas palitas destinadas a facilitar la aspiración. O bien bebían algo de ese polvillo mezclado con la chicha.

Es llamativo el silenciamiento del consumo de cebil, que no terminó con la conquista por los españoles. Hay documentos que mencionan cómo los encomenderos distribuían el alucinógeno a los jefes de parcialidades indígenas que trabajaban para ellos. A semejanza del silfio, aquí el cebil servía para mantener y reforzar lazos con la clientela del poderoso. Y en este como en otros terrenos, los españoles adoptaron una técnica de dominación ya desarrollada; como lo señala Córdova Navarro, ya los señores de tiempos prehispánicos se garantizaban la fidelidad de sus seguidores mediante la distribución de cebil.
A este vegetal se lo denomina también, según la región, yopo, parica o cohoba. En nuestro noroeste se lo ha llamado vilca, corro, chamizo… La versión culta de su nombre es ¨”piptadenia”; y su nombre científico, Anadenanthera peregrina. Bajo el nombre de niopo, lo usaron y usan grupos indígenas de Venezuela.
Posiblemente las criaturas que se retratan en las cerámicas prehistóricas del noroeste argentino hayan sido entrevistas en el sueño visionario del cebil.

… y tantas más

Podríamos seguir y seguir. En la lista de plantas psicoactivas están otras dos conocidas que encontramos casi en cada esquina, en cada baldío: el palán palán o tabaco criollo, arbolito de todas las estaciones, que nace en grietas y obras abandonadas; el floripondio, cuyas enormes corolas ornamentan jardines desde fin de la primavera. Aparte de producir visiones que resultan a veces aterrorizantes, como la datura, el palán palán es recomendado por las virtudes balsámicas de sus hojas, a las que se les quita la delgada piel transparente para aplicarlas sobre las heridas.
Y no debiera faltar la modesta efedra o té del desierto, o hierba de las coyunturas, originaria de algún lugar de Mongolia y hoy esparcida hasta llegar aquí mismo. Una planta cuyos alcaloides son sedantes, y útiles para tratar los problemas bronquiales, de hipotensión y cardíacos; pero cuyo principio activo, la efedrina, ha adquirido mala fama a raíz de su uso en los laboratorios de los narcotraficantes. Una mala fama que, como en otros casos, contribuye a desmerecer a un vegetal que ha dado buenos servicios a la humanidad.
Nos vamos a dar por conformes con sólo mencionar al célebre cactus mejicano, el peyote, conocido y utilizado desde la prehistoria, hacia 3.000 a.E.C.; esta cactácea tarda no menos de treinta años en adquirir la sazón para ser empleado como planta de trance. Con su principio, la mescalina, experimentaron Walter Benjamin, Aldous Huxley, Henry Michaux... Y haremos referencia tan sólo del innominado “cactito” santiagueño, que algunos muchachos están experimentando ahora por su cuenta y riesgo.

Concluímos con otra planta americana, cuyo mito de origen y cuyo manejo político pueden resultar reveladores, a modo de una síntesis de toda esta columna.

La coca, la mujer y el gobierno

Contra lo que uno podría creer de antemano, la coca no era un producto de acceso permitido a todos los habitantes del imperio incaico. El Inca era el propietario y administrador eminente de sus hojas, y las distribuía entre los señores de su Estado. Sólo se la podía emplear para mocharla (quemarla) en algunos rituales religiosos, para lograr un trance adivinatorio, o incorporada al ajuar funerario de algún personaje importante. Su consumo podía servir también para el juego erótico, o para exaltar el valor y la resistencia de los combatientes. (Vaya; los personajes que actualmente consumen “la blanca” o “la reina”, derivada de la noble planta, lo hacen a veces con fines similares.)

El mito incaico sobre el origen de la coca tiene matices eróticos:

«que la dicha coca antes que estubiese como agora está, en arboles, era una mujer muy hermosa, y por ser mala de su cuerpo la mataron y la partieron por medio y la sembraron, y de ella habia nacido un arbol, al cual llamaron macoca [mama coca] y cocamama [coca mama], y desde alli la comenzaron á comer, y que se decia que la traian en una bolsa, y que esta no se podia abrir para comerla si no era despues de haber tenido copula con mujer, en memoria de aquella, y que muchas pallas [señoras] ha habido y hay que por esta causa se la llamaron coca, y que esto lo oyeron ansi decir á sus pasados los cuales contaban esta fabula y decian era origen de la dicha coca».

(informes de Ruiz de Navamuel a Francisco de Toledo 1571 - Pág. 196)


Como los príncipes del antiguo cercano oriente administraban el silfio, los Incas gestionaban el cultivo de la coca (a cargo de grupos de yanaconas formados por los jóvenes que habían nacido fuera de las relaciones legales) y su entrega para consumo de los privilegiados. De igual modo, el Estado era el administrador eminente del placer. Juan de Betanzos comentaba en 1551 que el inca Pachakuteq

«Ordenó y mandó porque los mancebos mientras solteros fuesen no anduviesen en estas cosas tras mujeres casadas y mamaconas [mujeres de las aqllawasis] que hubiese cierta casa fuera de la ciudad para que en ellas fuesen puestas cierta cantidad de mujeres [...] con quien los tales mancebos conversasen [...]» Betanzos [1551], 1987: Cap. XXI.]

Como para proseguir

Plantas sagradas y poder parecen estar ligadas inextricablemente, ya se trate del poder para configurar universos, del poder sobre el cuerpo y sus goces, como del poder político. Todos ellos se encuentran y desencuentran en esta encrucijada de las plantas mágicas, como bajo el cadáver que siembra la mandrágora. Porque el poder es también, y a veces en primer término, posibilidad de dar muerte. La conflictiva relación con estos seres, interferida por los poderes políticos y religiosos, es a la vez relación con nuestra posible transformación – y con la mortalidad que se pone en juego en ella.

La música para hoy

Para acompañar este comentario hemos elegido, de entre muchísimos otros temas en todos los géneros, la interpretación de la “Zamba de los Yuyos” por los Huanca Hua, cuyo estribillo les pido escuchemos con mucha atención. Seguimos con el tango “Tiempos Viejos”, que allá por 1926, cuando fue compuesto, nostalgiaba una época anterior sin cocó ni morfina… habrá existido época tal, o se trata de otro mito? Por algo cantaba Ramón del Valle Inclán "Yo anuncio la era argentina / de socialismo y cocaína". Y concluímos con “Cocaine Blues”, por Johnny Cash.

Buenas noches, y hasta el próximo sábado.